Resiliencia humana
El deseo angosta la mirada
Mi abuelo nunca tuvo dinero y no fue pobre un solo día de su vida. La abundancia resulta ser una cuestión de percepción, no de aritmética.
Mi abuelo pastoreó ovejas todos los días de su vida, cultivó casi todo lo que comió y llegó a los ciento tres años en lo que solo puedo llamar una felicidad completa. Nunca tuvo dinero. No fue pobre un solo día.
Esas dos frases caben juntas sin ninguna tensión, y el hecho de que parezcan una paradoja en casi todas las salas donde entro es justo de lo que quiero escribir.
Cuatro clases de riqueza
Mi gente cuenta cuatro. Está el dinero, y no voy a fingir que no importa, porque me he pasado una carrera ayudando a comunidades a tener más y he visto lo que hace su ausencia. Pero también están las relaciones, la cultura y la tierra. Cuatro cuentas, y una vida está solvente o no está en las cuatro.
Lo que ese marco deja ver, y lo que una sola columna no puede, es el movimiento financiero más común de nuestra época: hacer crecer una cuenta vaciando calladamente las otras tres. Alguien toma el mejor trabajo en la ciudad lejana y lo paga la cuenta de las relaciones. Una comunidad arrienda su suelo y lo paga la cuenta de la tierra. Una familia cumple las horas que exige la cuenta del dinero y lo paga la cultura, que es la más lenta en mostrar el daño: paga de última y paga más.
En una columna eso se lee como crecimiento. En cuatro se lee como lo que es.
El deseo angosta la mirada
Aquí está la parte que no entendí hasta hace poco, y no es un reclamo moral. Se parece más a uno físico.
Uno percibe menos mientras desea más.
El deseo es un instrumento que angosta. Tiene que serlo, porque su función entera es sacar una cosa de un campo y sostenerla ahí, y el costo de sostener una sola cosa en el centro es que todo lo demás se ablanda en los bordes. Eso sirve cuando uno va rastreando un animal o cerrando un trato. Es ruinoso como manera de vivir, porque una persona en estado permanente de deseo es una persona con la mirada angostada durante años, y lo que queda fuera de una mirada angosta es casi toda una vida.
Por eso la pregunta de la abundancia se contesta tan mal tan seguido. La gente la oye como una pregunta sobre cuánto tiene, y va y cuenta, y contar no ayuda, porque el problema nunca fue el tamaño del montón. El problema es la apertura.
Dos estados tienen agarrada a casi toda la gente hoy, y de ellos he escrito con más calma en otra parte: la comodidad, que está alimentada y medio dormida, y la alarma, que está tensa y medio despierta a las tres de la mañana. Ninguno de los dos alcanza a ver lo que ya está presente. Uno está demasiado embotado y el otro demasiado ocupado buscando la amenaza.
La gratitud es óptica
Toda práctica antigua que conozco empieza con gratitud, antes de pedir nada, y yo creía que eso eran modales. Ponga primero las gracias, después la petición, como haría con alguien cuya ayuda necesita.
Ya no creo que sean modales. Creo que es un cambio de lente, hecho a propósito, al principio, porque la práctica no funciona a través de una mirada angosta y los viejos lo sabían.
La gratitud abre la apertura. Ese es el mecanismo entero. No es pensamiento positivo, que le pide creer algo color de rosa, ni es un premio que uno se ganó por haber tenido un buen año. Es óptica. Usted está ajustando lo que alcanza a percibir antes de salir a buscar, y el ajuste está disponible en unos cuatro segundos, gratis, en la peor mañana de su vida.
Pruébelo contra su propia experiencia, no contra la mía. Piense en una temporada en que deseaba muchísimo una cosa específica. Ahora trate de recordar qué más estaba pasando ese mes, quién estaba en la sala, qué hizo el clima, qué dijeron sus hijos. Para casi todos el registro sale flaco, y sale flaco porque la mirada estaba angosta, no porque el mes estuviera vacío.
La mesa
La manera en que lo digo ahora es que la abundancia es lo que usted lleva a la mesa, no lo que está esperando encima de ella. Uno puede entrar ya lleno, antes del plato.
Eso no es resignación ni es un argumento contra querer cosas. Yo quiero muchísimo. Quiero que los libros se lean en países que nunca voy a visitar, quiero que las comunidades con las que trabajo sean dueñas de su propia fuerza en vez de alquilarla, y quiero que mis nietos sepan los cantos. El deseo no es el enemigo. Vivir permanentemente adentro de él, sí.
Mi abuelo a los ciento tres tenía una vida material angosta y una mirada extraordinariamente ancha. Le podía decir qué había estado haciendo el cielo durante una semana. Sabía cuál junípero se había ofrecido y cuál no. Conocía a cada una de esas ovejas, y a cada pariente a un día de camino, y el orden de una ceremonia que toma más tiempo cantarla del que hoy la gente le dedica a casi nada.
No era pobre. Simplemente llevaba sus cuentas en cuatro columnas, y abría la mirada cada mañana antes de que el día se la angostara.
Publicado primero en inglés: leerlo en el original.
