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Resiliencia humana

Hable solo lo que quiera construir

Mi bisabuela corregía una palabra descuidada igual que corregía una herramienta dejada donde no iba. Cuarenta años después entiendo por qué eran el mismo error.

Masan y el niño

Mi bisabuela Masan me crió en un hogan en Big Mountain, y la enseñanza en la que más pienso no era sobre las ovejas, ni el clima, ni la ceremonia. Era sobre el hablar.

Hable solo lo que quiera construir.

Eso era todo. Ella no lo explicaba como se lo voy a explicar yo, porque allá nada llegaba por explicación. Simplemente me corregía cuando yo decía algo descuidado, con el mismo tono que usaba cuando yo dejaba una herramienta donde no iba; y después de suficientes correcciones, un patojo entiende que las dos cosas son el mismo tipo de error.

Lo que ella quería decir, ahora lo entiendo, es que una frase no es un informe sobre el mundo. Es un acto dentro de él. Cada frase es un ladrillo, y usted está construyendo de todos modos, haya revisado el plano o no.

Lo que no es

No es pensamiento positivo, y quiero tener cuidado con esto, porque los dos se confunden a cada rato y la confusión hace daño de verdad. El pensamiento positivo le pide decir algo alegre que usted no cree, y el cuerpo registra eso como mentira y lo archiva como tal. Masan nunca le pidió a nadie que fingiera. Nuestra gente es directa, y una familia que pastorea ovejas en ese terreno no se puede dar el lujo de una relación blanda con los hechos.

La enseñanza era más angosta y más dura. Diga la verdad, y luego fíjese que entre las verdades disponibles hay varias, y usted está escogiendo. El clima está feo y el pozo queda lejos y el patojo es lento y el perro es bueno y el agua es dulce cuando uno llega. Todo eso es cierto la misma mañana. Cuál de ellas dice en voz alta, repetidamente, delante de los jóvenes, no es un acto neutral, porque las que dice son las que se construyen.

Ella no me estaba administrando el ánimo. Estaba administrando lo que se construía en una casa donde había un niño escuchando.

La mañana, antes de que los pies toquen el suelo

La otra mitad venía más temprano. Nos levantábamos antes del sol, y lo primero que salía de su boca era gracias. No después del café, no después de los oficios, no una vez que el día hubiera demostrado que valía la pena agradecerle a alguien. Antes de que los pies tocaran el suelo, y antes de pedir nada.

Le he dado vueltas cuarenta años y siempre llego al mismo lugar. El orden es toda la enseñanza. La gratitud que llega después de la buena noticia es contabilidad: una suma que uno hace al final del día para ver si salió ganando. La gratitud que llega antes de que el día le haya mostrado algo es otro instrumento por completo, porque fija el estado en el que usted va a encontrar el día, y el estado en que uno encuentra un día decide en buena medida lo que ese día termina conteniendo.

Ella no habría dicho nada de esto. Decía gracias, en voz alta, en lo oscuro, cada mañana de su vida sin fallar una, y esperaba que la casa hiciera lo mismo; y dejó el razonamiento para que lo resolviera después un bisnieto con demasiada escuela.

Por qué la unidad es la casa

Todo lo que hago ahora con organizaciones sale de aquí, y me costó vergonzosamente entender la conexión. Cuando me siento con un equipo de dirección y me dicen que la cultura está mal, lo que casi siempre describen es una sala donde las verdades disponibles se fueron angostando hasta quedarse con las desalentadoras, por costumbre vieja, sin que nadie en particular lo hiciera. Ninguna política hizo eso. Lo hicieron frases, una por una, durante años.

No se puede criar a un mensajero lejano en una casa con mala energía. Ya escribí esa línea antes y la gente la toma como un sentimiento tierno, pero lo digo estructuralmente. Un niño al que se le va a confiar algo valioso a través de terreno duro tiene que crecer oyendo que el mundo se describe como un lugar donde sí se puede llegar. Esa descripción se construye con frases ordinarias dichas en momentos ordinarios por adultos que ni lo estaban pensando.

Lo mismo vale exactamente para un equipo, para una comunidad y para una nación. Las palabras son el material de construcción. No hay otro.

Lo que yo intentaría

Desconfío de convertir a mi bisabuela en una técnica, así que tómelo como la descripción de lo que yo hago, no como un programa para nadie más.

En la mañana, antes del teléfono, doy gracias por una cosa nombrada. Nombrada, no general, porque la versión general es una costumbre y la nombrada es un acto de atención.

Durante el día, cuando me descubro narrándole algo a otra persona, me pregunto si estaría conforme con que esa frase siguiera en pie dentro de un año. Casi todas están bien. Unas cuantas son ladrillos que no quisiera en una pared.

Y alrededor de los jóvenes, y de la gente que carga más de lo que puede sostener con comodidad, mantengo la proporción honesta. No falsa. Honesta. Las cosas buenas también son ciertas, y alguien tiene que decirlas en voz alta o no se construyen.

Masan murió hace mucho. La casa que ella manejaba no tenía electricidad ni agua entubada, y tenía cuatrocientas ovejas que conocía por nombre. Yo ando por los cincuenta, he trabajado en salas de juntas en cuatro continentes, y nunca he encontrado mejor herramienta que el gracias y la palabra vigilada.

Publicado primero en inglés: leerlo en el original.